La Vida y la Palabra

Pedro Niega a Jesús

(Marcos 14:66-72)

66. “Estando Pedro abajo, en el patio, vino una de las criadas del sumo sacerdote;”

La historia de la negación de Pedro, que tiene tantas enseñanzas para nosotros, es narrada por los cuatro evangelios con algunas diferencias de detalle que no son significativas.

Pedro, siguiendo de lejos a la tropa que se lleva prisionero a Jesús, llega hasta la casa del sumo sacerdote Caifás y entra al patio interior donde están reunidos los alguaciles y el personal de servicio de la casa, calentándose al fuego.

Podemos imaginar la excitación que reinaba en la casa y en el patio. Generalmente el personal de servicio suele solidarizarse con las opiniones e intereses de sus patrones con los cuales comparten techo, tiempo y alimentos y de quienes su vida depende. Podemos pues pensar que todos ellos se alegraban de que finalmente hubieran apresado a este perturbador que andaba agitando al pueblo con sus enseñanzas peligrosas y equívocas (según ellos).

67,68 “Y cuando vio a Pedro que se calentaba, mirándole, dijo: Tú también estabas con Jesús el nazareno. Mas él negó, diciendo: No le conozco, ni sé lo que dices. Y salió a la entrada; y cantó el gallo.”

Pedro estaba arriesgando bastante al llegar hasta ahí. ¿Era conciente de que podrían reconocerlo? Después de todo era él quien había cortado la oreja del criado del sumo sacerdote. Pero quien lo reconoce como uno de los discípulos del Maestro no es uno de los alguaciles o de los criados que habían prendido a Jesús, sino una criada que no había ido con ellos. Y si lo reconoce es porque ella debe haber visto y escuchado a Jesús en más de una ocasión cuando enseñaba en el templo o caminaba por las calles de Jerusalén acompañado por sus seguidores.

¿Con qué espíritu lo habría escuchado? ¿Se habría dejado alguna vez impresionar por las palabras o los milagros de Jesús? ¿O lo escucharía con el mismo rechazo con que lo miraban sus patrones? Esto es lo más probable.

Las palabras que dirige a Pedro cuando lo reconoce tienen el carácter de una acusación: “Yo te he visto con Él. Tú eres uno de ellos, tú eres nuestro enemigo.”

¿A cuántos de nosotros pueden decirnos los mundanos: Te hemos visto con Jesús? Quizá no nos hayan visto físicamente al lado suyo, pero el mundo reconoce a los creyentes, y simbólicamente los señala con el dedo, porque se dan cuenta de que son diferentes. Son enemigos de su amo, el diablo.¿O no somos diferentes? ¿O es que somos cristianos camuflados? Aunque no lo parezca el mundo desprecia a lo camuflados y respeta a los que no se avergüenzan de su fe. Pero si nos acusan: “Tú eres un cristiano” ¿lo negaríamos? “No, yo no soy un fanático. Bueno, sí, voy de vez en cuando a la iglesia, pero eso es todo.”

Cuando se ataca a Cristo, o al cristianismo, o a la iglesia ¿agachamos avergonzados la cabeza, nos sentimos incómodos, o nos alejamos simplemente evadiendo el problema? ¿O asumimos valientemente su defensa? ¿Negaremos a Cristo como Pedro, no por miedo, como él, sino por vergüenza? En sociedad no se habla de asuntos de “religión”. Está mal visto, no es de buen gusto. Pero es peor achicarse cuando oímos cosas que nos ofenden y callarse la boca. ¿Cuántas veces habré sido yo más discípulo de Pedro que de Jesús?

Cuando Pedro se vio confrontado por la mujer todo su coraje se le fue a los pies y el miedo se apoderó de él. No sólo negó haber estado con Jesús, sino que negó “conocerle”. (1) ¡Pero si acababa de cenar con Él y acababa de sacar la espada para tratar de defenderlo!

Pedro ¿niegas conocer a tu Maestro, tú que decías que irías con Él a la muerte si fuera necesario? ¿Dónde está tu resolución, tu afecto? ¿Ante una mujer te acobardas? “Ante una mujer no, sino ante los que la rodean por el temor de que, por lo que ella dice, me apresen y corra la misma suerte que Jesús.”

¡Ah eso es lo que temes, Pedro! Seguías a Jesús, te gozabas en su compañía y te deleitabas con sus palabras. Todo eso hacías en las buenas. Pero ahora que vienen las malas, te asustas, temes estar con tu Maestro a quien tanto amas, temes correr la misma suerte que Él.

Pero ¿qué habríamos hecho nosotros en su caso? ¿Habríamos querido que nos juzguen, nos condenen, nos torturen y nos maten con tal de estar con Jesús? ¿O lo habríamos abandonado a su suerte, negando conocerle como hizo Pedro?

No podemos acusar a Pedro de cobarde si nosotros también lo somos cuando atacan nuestra fe. Cuando el mundo ataca a Dios, cuando niega a Dios, ataca a nuestro Maestro a quien decimos amar. Pero si nos encogemos de hombros y disimulamos nuestro fastidio; si nos callamos y nos decimos: “no puedo hacer nada”, adaptamos la actitud de Pedro.

Si estando con un grupo de amigos o en sociedad, alguien atacara a nuestra madre, ¿no saldríamos en su defensa y estaríamos dispuestos a pelearnos con el insolente? Pero si atacan a la moral cristiana, es decir, lo que Dios enseña, ¿no salimos en su defensa? ¿No tenemos nada que oponer a los que niegan a Dios?

Confrontado por la mujer, Pedro se alejó de ella para que no lo siguiera molestando. Pero al menos no se fue, no huyó. A pesar de su temor, quería saber qué pasaría con su Maestro. A pesar de su cobardía no lo abandonaba.

¡Cómo nos parecemos a Pedro! Lo negamos ante el mundo pero queremos seguir con Él. Hay un divorcio, una inconsistencia en nuestra conducta. Porque, ¿somos o no somos cristianos?

Entonces cantó el gallo. Un primer aviso: “Pedro ¿qué estás haciendo?” Pero Pedro no se dio cuenta. No escuchó el aviso. Como nosotros cuando Jesús nos dice: “¿Qué estás haciendo? ¿Así se comporta un discípulo mío?”

69, 70. “Y la criada, viéndole otra vez, comenzó a decir a los que estaban allí: Este es de ellos. Pero él negó otra vez. Y poco después, los que estaban allí dijeron otra vez a Pedro: Verdaderamente tú eres de ellos; porque eres galileo, y tu manera de hablar es semejante a la de ellos.”

Pero la criada no quería soltar su presa. Ella está segura de haberlo visto con Jesús. “Él es del partido de nuestros enemigos. Que no se oculte, que no se escape. Aprésenlo”. La cosa se está poniendo fea para Pedro. Los circunstantes lo reconocen por su acento. Tú eres galileo como Jesús. Seguro que eres uno de sus discípulos.

“Sí pues, tú hablas como cristiano. Nunca dices lisuras. No cuentas chistes colorados. No te propasas con las chicas. Nunca te hemos visto tomando. Cuando te ofrecen una copa, la rechazas cortésmente diciendo: No gracias, yo no bebo.”

“Tu conducta te delata. Tú eres un santurrón. Tú eres uno de ellos. No lo niegues. ¡Fuera de acá! Tú vienes a aguarnos la fiesta. No queremos saber nada contigo.”

¿Qué haces cuando se burlan de tu “religión”? ¿Cómo contestas? ¿No les preguntas: “¿Hasta cuándo durará su fiesta? ¿Hasta mañana, o pasado mañana, o todo el fin de semana, o todo el año? Y después ¿qué vendrá?” Eso los podría hacer reflexionar.

Según como reacciones, te respetarán. Si te achicas y tomas las cosas a broma, te despreciarán. Sólo si los encaras, si estás dispuesto a sufrir como tu Maestro, eres digno de Él. De lo contrario, te mirarán como un cobarde.

71. “Entonces él comenzó a maldecir, y a jurar: No conozco a este hombre de quien habláis.”

Cuando se ve acorralado Pedro pierde los papeles. Ahora sí tiene miedo. Y empieza a jurar y a maldecir: “¡No conozco a este hombre!”

¡Pedro, has negado a tu Maestro! ¿Tanto amas tu vida? Eso nos pasa a todos. Amamos más nuestra vida, lo que vemos y tenemos y tocamos, que al que nos dio todo, comenzando por la vida. Somos unos ingratos.

72. “Y el gallo cantó la segunda vez. Entonces Pedro se acordó de las palabras que Jesús le había dicho: Antes que el gallo cante dos veces, me negarás tres veces. Y pensando en esto, lloraba.” (2)

En eso volvió a cantar el gallo. Ahora sí escuchamos la voz de nuestra conciencia. Y nos damos cuenta de lo que hemos hecho.

Pedro se acordó de lo que Jesús le había dicho. Se lo había anunciado: “Tú me negarás antes del amanecer. En medio de la noche oscura, negarás conocerme.” (Sí, de la noche oscura de su alma).

Lucas dice que “Pedro, saliendo afuera lloró amargamente” (Lc 22:62). Ahora sí le duele. Ahora comprende lo que ha hecho. Y se avergüenza de ser un cobarde. Pero no corrió a donde estaban sus acusadores a decirles: “Sí, yo soy uno de ellos, yo he estado con Jesús. ¡Aprésenme!”

¿Y qué pues? Sólo lloró amargamente. No fue a delatarse y a confesar que era discípulo de Jesús. No estaba dispuesto a morir. Si alguien ha de morir que sea Jesús, y siga yo vivo. Podría escribir el “Manual del Perfecto Cobarde”.

Pero no seamos tan severos con Pedro. ¿Acaso era necesario, o conveniente, que él muriera? Más bien hemos de pensar lo contrario. Su sacrificio en ese momento era innecesario. Ya llegará el momento en que –como predijo Jesús- le tocaría entregar su vida (Jn 21:18). Pero por ahora él es más útil vivo que muerto. Tiene que permanecer vivo para llevar a cabo la obra que Jesús le va a encomendar más adelante. (Jn 21:15-17). Por ese motivo, en el momento de ser arrestado Jesús pidió que dejaran ir a sus discípulos (Jn 18:8,9). Todos ellos tenían una misión que cumplir: llevar las buenas nuevas a todas las naciones. De manera que, si bien todos lo abandonaron y todos fueron tan cobardes o más que Pedro, en ese momento era útil que lo fueran. Muertos, Jesús no podía usarlos.

Vale la pena notar también que la negación de Pedro cumple un papel necesario. Si Dios permitió que ocurriera, si Dios dio ocasión a que ocurriera –podría haber impedido que Pedro entrara al patio del palacio de Caifás –fue porque ese episodio quedaría como un hito imborrable en el camino de un hombre tan valioso para Dios y para nosotros, que encierra una valiosa lección para todos: no sobrestimarnos, ser concientes de nuestras limitaciones y debilidades.

Pablo lo pone así: “que (cada cual) no tenga más alto concepto de sí del que deba tener,” “y estime a los demás como superiores a sí mismo.” (Rm 12:3; Flp 2:3).

Habiendo tenido la experiencia de su propia flaqueza Pedro podrá estar en condiciones de apacentar a las ovejas que Jesús le encomendará, con una comprensión mayor de las flaquezas del alma humana. De no haber caído miserablemente en esa ocasión, Pedro, que sería pronto -a partir de Pentecostés- un predicador exitoso, habría sido fácilmente tentado por la arrogancia, la vanidad y el orgullo. Pero su vergonzosa caída estaba ahí indeleblemente grabada en su memoria para recordarle que él era el más indigno de los apóstoles.

Hay también una cierta ironía en su caída. Él fue ciertamente el primero de los apóstoles, (primus inter pares = el primero entre iguales), el que llevaba la voz cantante en los primeros pasos de la naciente iglesia (3). Él fue también el que más bajo cayó a la vista de todos. Quizá por eso mismo Dios lo levantó por encima de sus hermanos.

También es cierto, de otro lado, que si él cayó fue porque él –el impetuoso Pedro- era el que más había arriesgado, el más osado, ya que ningún otro se había atrevido a penetrar en la boca del lobo.

Notas
  1. Nótese sin embargo que la primera respuesta de Pedro, muy a la manera nuestra es una evasiva. “No sé de qué estás hablando.” Es una negación indirecta. Por eso quizá cuando el gallo cantó por primera vez, Pedro no se sintió culpable. Pero es interesante que Pedro no niegue explícitamente conocer a Jesús. Él no pronuncia su nombre. Él dice: “no conozco a este hombre.” No se habría atrevido a decir que no conocía a Jesús.

  2. Es interesante que Marcos -el único entre los evangelistas- ponga las palabras de Jesús en términos del estilo numérico que se encuentra con frecuencia en Proverbios. “Tres cosas hay que nunca se sacian; aun la cuarta nunca dice ¡Basta!” (Pr 30:15,16; véase también los vers. 18, 21, 29 y el Sal 62:11.

  3. De ello hay abundante evidencia en los evangelios y en el libro de Hechos. El suyo es el nombre de los apóstoles que más mencionan esos libros.

Última edición:
2009-11-17 10:57:52
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