Miércoles, 23 Abril 2014

Deberes Conyugales

E-mail Imprimir PDF

Deberes Conyugales
Un comentario a la 1ra. Epístola de Pedro 3: 1-7
1,2: “Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos; para que también los que no creen a la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas, considerando vuestra conducta casta y respetuosa.”
Pedro da a las esposas un consejo (o más que consejo, una regla de conducta) semejante a la que Pablo ha formulado en Ef 5:22, y que se refiere a cómo deben comportarse con sus maridos, sometiéndose a ellos como al Señor. Sólo que en este caso su exhortación está dirigida a las esposas cristianas cuyos maridos no se han convertido, o a mujeres cristianas que se casaron (o las casaron) con paganos. (Nota 1)
La sujeción tendrá en su caso el carácter de un testimonio cuyo propósito será lograr que el marido se convierta a Cristo. (2)
Pedro les dice que ellas podrán alcanzar esa meta sin necesidad de predicarles a sus maridos de palabra. Su conducta “casta y respetuosa” (3) hará las veces de prédica cuyos argumentos que no podrán ser contradichos (4).
He aquí pues un principio básico de evangelismo. Muchas veces las palabras que se dirigen al inconverso, o los argumentos que se esgrimen para convertirlo, son contestados por argumentos contrarios que los anulan. Pero no hay argumento que oponer a la conducta ejemplar de una persona que es siempre amable, servicial, cumplida. En primer lugar, porque no discute, y en segundo, porque la rectitud de su conducta y los buenos efectos de la misma son demasiado evidentes para no reconocerlos.
Cuando el esposo incrédulo experimente los beneficios que la conducta sumisa de su esposa le trae, no podrá menos que admitir que algo de bueno tiene que haber en la fe que la hace a ella comportarse de esa manera (5).
Es inevitable que no falten maridos endurecidos que se nieguen a rendirse ante la buena conducta de su mujer… hasta que la pierden. Y entonces, se lamentarán de no haber apreciado a tiempo el tesoro que tenían en casa. Se han dado casos de maridos que se convirtieron cuando sus esposas murieron y que se reprocharon amargamente no haber reparado a tiempo en el bien que ellas significaban para sus vidas. Lo reconocieron sólo cuando ya era tarde.
Esa es una forma de ceguera en que incurrimos todos en muchas circunstancias de la vida. Nos damos cuenta del bien que tenemos sólo cuando lo perdemos. No sabemos valorar lo que Dios nos da.
3,4. “Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios.”
Pedro pasa enseguida a hablarles a las mujeres de su aspecto exterior, de los adornos con que buscaban embellecerse para atraer la atención de sus maridos. Él les dice que no son los afeites (lo que hoy llamamos maquillaje) y el lujo con que se engalanan lo que deben usar como señuelo (6) sino más bien el atractivo de su carácter y de sus almas, lo agradable de su trato amable, el amor sumiso que les demuestren y el cuidado que desplieguen en atenderlos. ¿Qué cosa más agradable para un hombre que una mujer se ocupe de él cariñosamente y que lo haga sin regaños, ni reproches ni dobleces? La dulzura de la mujer atrae al hombre con un lazo muy fuerte; en cambio, su mal carácter lo repele. (Pr 21:9,19).
Pedro dice algo que puede sorprendernos de primera intención: el comportamiento femenino que seduce al hombre por las cualidades internas que exhibe, más que por lo que apela a los sentidos, es de gran valor para Dios; que es algo que Dios aprecia mucho. Por tanto, la mujer que agrada al hombre de esa manera agrada a Dios también. No hay oposición entre ambos agrados sino, al contrario, armonía. Pedro llama “incorruptible” a ese atavío interno porque su belleza no es disminuida por los años, sino más bien, se acrecienta.
Naturalmente podría con razón decirse que el consejo recíproco es igualmente oportuno: Que el hombre por su lado agrade a su mujer por el trato afable que le dispensa. Pero no nos adelantemos a lo que Pedro dirá más abajo.
5. “Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos”
Para reforzar lo antedicho Pedro pasa a evocar la vestimenta que usaban las mujeres que menciona el libro del Génesis a partir del capítulo 12, en la cultura pastoril de ese tiempo. Pero ¿cómo puede saber él de qué manera se vestían y se arreglaban las mujeres de entonces si en ese libro no hay ninguna mención de la indumentaria femenina? Por el recuerdo que conservaba la tradición de sus mayores y porque en la cultura tradicional judía no habían habido cambios en ese aspecto a lo largo del tiempo.
Pero el atavío que a Pedro le interesa sobre todo es el interno. Él asegura que no sólo Sara, sino también Rebeca, Raquel y Lea, “esperaban en Dios” –es decir, que eran piadosas- y que estaban “sujetas a sus maridos” de acuerdo a la costumbre de la época. Él les pone a las mujeres “liberadas” de su tiempo -que escucharían leer en las iglesias esta epístola, así como las otras que circulaban en las comunidades- y que vivían inmersas en el ambiente corrupto de las ciudades de aquella época “moderna”, el ejemplo de las mujeres de la historia hebrea, cuyos ideales y hábitos de vida eran tan distintos de los del tiempo en que Pedro escribía.
6. “como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor; de la cual vosotras habéis venido a ser hijas, si hacéis el bien, sin temer ninguna amenaza.”
Él afirma que Sara, la esposa de Abraham que desempeña un papel central en la historia del patriarca, no sólo obedecía a su marido, sino que le llamaba “señor”. Con esa palabra Pedro evoca el episodio del capítulo 18 del Génesis, en que Abraham recibe la visita de tres misteriosos personajes venidos de parte de Dios, que le predicen que dentro de nueve meses su mujer dará a luz un hijo. Al oír esas palabras, Sara, que está a pocos pasos en la tienda, ríe considerando la edad avanzada que ella y su marido tienen (v. 12).
Si Pedro toca el tema de la obediencia y de la sujeción de la mujer al marido, es seguramente porque había observado que en el mundo de las ciudades gentiles en las que él ahora circulaba predicando el Evangelio, las mujeres eran muy independientes y se comportaban de una manera muy diferente a la que él estaba acostumbrado en el mundo judío, más apegado a lo tradicional, del que él provenía.
Entre esas mujeres “modernas” se reclutaban las que llenaban las iglesias cristianas de esos primeros tiempos en el mundo griego. A ellas era necesario enseñarles una manera femenina de comportarse que fuera muy distinta de la que veían en torno suyo, y que, como era natural, habían imitado antes de convertirse. Lo hace exhortándoles a imitar el ejemplo de Sara, como “hijas” suyas, en el sentido de continuadoras o émulas.
Pero ¿por qué añade aquello de hacer el bien sin temer amenazas? Porque -pienso yo- comportándose de esa manera no provocarían la cólera de sus maridos paganos que pudieran usar de violencia si tuvieran que corregirlas.
Nótese que el propósito de la exhortación con que comienza este capítulo es contrastar la conducta que debe guardar la mujer cristiana y la que era habitual entre las mujeres del mundo griego. La obediencia a Cristo conduce al creyente a observar una conducta que llamará la atención de su entorno.
A riesgo de ser repetitivo subrayaré que el atavío ostentoso de las mujeres paganas de entonces tenía por fin llamar la atención del hombre, atraerlo, incitarlo, tal como es también el propósito de la atrevida moda femenina usual en nuestros días. El mensaje de Pedro entonces y para nuestro tiempo es: la mujer cristiana no debe tratar de atraer al hombre resaltando su atractivo físico, sino que debe vestirse con modestia, ocultándolo en cierta manera, esperando que el hombre sea atraído más bien por sus cualidades espirituales. Estas serán, en última instancia, las que lo hagan feliz y cimenten la solidez del matrimonio que contraigan.
7. “Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo.”
Pedro pasa enseguida a hablar a los maridos, pero sólo les dedica un versículo, poco comparado con los seis que dedicó a las mujeres. Posiblemente él era conciente de que Pablo en la epístola a los Efesios había dedicado a los varones mayor espacio que a las esposas (Ef 5:22-33), y no cree necesario abundar en lo que su colega ha tratado más ampliamente (Véase además las epístolas 1ª Timoteo y Tito).
Sus consejos son breves pero puntuales. El primero parece, sin embargo, algo vago. ¿Qué es convivir sabiamente? Para comenzar, la sabiduría consiste en el buen trato, y en el no abusar de la autoridad que la sociedad de entonces concedía al marido sobre la mujer. El pensamiento de Pedro parece estar orientado hacia la consideración y el respeto a la mujer, que no debe haber sido muy frecuente en ese tiempo, pues continúa diciendo: “dando honor”.
Mientras que Pablo, por su lado, ha hablado del sometimiento de la mujer, Pedro destaca el honrar a la mujer teniendo en cuenta su fragilidad. Esto implica, ante todo, no abusar de la superioridad física masculina, en consideración precisamente de la menor fortaleza de la mujer (7). Pero supone también una amabilidad especial. Quizá puede verse en las palabras “dando honor” el origen de la cortesía hacia la mujer que se desarrollará en los siglos subsiguientes y que fue una de las  características más saltantes de las costumbres y literatura medioevales, cortesías, dicho sea de paso que ni los romanos ni los pueblos orientales guardaban, pero quizá sí los judíos.
En el Medio Evo se desarrolló, en efecto, en los ambientes de los castillos provenzales un cierto culto por la mujer, y un trato especialmente deferente con ella, del que son testigos los poemas y las canciones de los trovadores, y que se extendió por toda Europa. Esa especial cortesía sobrevivió hasta mediados del siglo XX cuando fue rechazada por el movimiento feminista que la tildaba de “paternalista y opresiva”. (La ideología  de género exige que las mujeres sean tratadas de igual a igual por el hombre) (8).
Pedro da una razón particular para este trato honroso que él promueve: “la mujer cristiana es coheredera de la gracia de la que vosotros os preciáis”. Esto es, ella tiene en Cristo los mismos derechos y privilegios que ustedes. Pablo escribirá: “Pero en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón” (1 Cor 11:11), y también que el hombre y la mujer son “uno en Cristo Jesús” (Gal 3:28).
En Cristo el hombre no es más que la mujer, de modo que si bien la sociedad de entonces le concedía al hombre grandes privilegios respecto de la mujer, en Cristo esos privilegios son mutuos y ambos sexos son iguales (9).
Pedro da, por último, una razón intrigante: Si tratáis mal a vuestras mujeres, vuestras oraciones no serán escuchadas.
Este pensamiento me hace recordar el salmo que dice que Dios es “padre de huérfanos y defensor de viudas” (68:5). Dios es el protector de los débiles, como en varios lugares nos lo recuerda la Escritura. Es como si Dios le dijera al hombre: “Si maltratas a tu mujer tendrás que vértelas conmigo”. Así que, ténganlo en cuenta varones.
En suma, el hombre que se pone a orar habiendo tratado mal a su mujer, no podrá levantar manos puras a Dios porque las tiene manchadas de pecado y por tanto, su oración no alzará vuelo. (Sal 24:4) (10).
Notas:
1. El griego dice aquí: “que desobedecen a la palabra”. Creer es un acto de obediencia a Dios.
2. Cuando una persona se convierte es ganada para el reino de Dios.
3, El griego dice: “observando vuestra conducta pura en temor”. El respeto nace del temor, o tiene como resorte original el temor.
4. Mantener una conducta “casta y respetuosa” puede haber sido una prueba difícil para muchas esposas cristianas casadas con paganos, dados los hábitos licenciosos que prevalecían en la sociedad grecorromana. Pero es posible que en muchos casos con su actitud respetuosa ellas se ganaran el respeto de sus maridos irrespetuosos. Es posible también que a algunas esposas cristianas, que habían sido criadas en ambientes corruptos, la conducta casta no les resultara fácil. De ahí quizá la necesidad que siente Pablo de exhortar a las ancianas a enseñar a las mujeres jóvenes a ser castas y prudentes (Tt 2:4,5)
5. Una de las dificultades que podía enfrentar la mujer cristiana casada con un marido gentil era que los ritos idólatras solían formar parte de la vida doméstica (el culto a los manes, p. ej.). ¿Participaría ella en esas prácticas? No podría. ¿Pero si su marido quería obligarla a participar? Le quedaba el recurso de separarse, si no tenía otro. (1Cor 7:15). Pero Pablo aconseja en primer lugar a la mujer creyente no separarse del marido incrédulo, porque él puede ser santificado en la mujer creyente (1Cor 7:13,14ª) En estas dificultades jugaría un papel importante la prudencia y el respeto con que la mujer actúe. Pero también el amor que la mujer manifieste por su marido (Col 3:18). Dada la rudeza de muchos maridos paganos, en muchos casos ese amor tendría que ser sobrenatural.
6. Pedro debe haber tenido presente los arreglos cosméticos y los peinados enjoyados y extravagantes que usaban las mujeres paganas en Grecia y Roma.
7. Dado el poco aprecio en que era tenida la mujer en el mundo pagano, sus maridos solían tratarlas de una manera ruda. De ahí que Pablo considerara oportuno aconsejarles: “Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas.” (Col 3:19).
8. La cortesía que guardaban los hombres con las mujeres, cediéndoles el paso, por ejemplo, en la calle, asombró al embajador turco que, a mediados del siglo XVIII, visitó la capital austriaca. En su país –y en todo el Oriente- las mujeres cedían el paso al hombre. Le maravillaba también que las mujeres pudieran salir a la calle no acompañadas y sin cubrirse el rostro con un velo.
9. En la antigüedad las mujeres contaban poco. No eran incluidas en los censos, por ejemplo (Los censos ordenados por Moisés en Números 1 y 26, y el censo ordenado por David en 2Sam24, sólo incluyen a los hombres). Aun los evangelios reflejan esa mentalidad (Mt 14:21, p. ej., sólo da el número de los hombres alimentados por Jesús en la multiplicación de los panes). En el mundo romano las mujeres no tenían nombre propio. Llevaban el nombre de la familia, y si nacía más de una hija en el hogar, y no se dejaba que muriera, según la costumbre, se le llamaba “Secunda” (Segundina en español) o "Tertia”. Pero bajo el imperio su situación mejoró y adquirió mayor independencia.
Sin embargo, así como en el mundo cristiano la esclavitud fue desapareciendo sin que se diera ninguna ley específica, también la situación de la mujer fue mejorando. Lo vemos, para comenzar, en los papeles que la mujer asume en el Nuevo Testamento (diaconisas, profetisas, colaboradoras de Pablo, etc.). En la Edad Media, en parte bajo la influencia del derecho germánico, tienen nombre y apellido propio, que conservan al casarse (sólo a fines del siglo XVII en Francia la mujer toma obligatoriamente el apellido del marido). Son dueñas de tierras y de negocios propios, desempeñan en las ciudades oficios artesanales, incluso algunos rudos, como los ligados a la metalurgia y a la construcción, y participan en algunos gremios con derechos iguales a los de los hombres; votan al igual que ellos en la asambleas urbanas y municipios rurales.
Esta autonomía de la mujer se fue perdiendo hacia el final de la Edad Media, con la reintroducción del derecho romano, que era fuertemente paternalista, y el redescubrimiento de la antigüedad clásica. A mediados del siglo XVI, o antes, la mujer ya no puede ocupar ningún cargo público y es relegada a las funciones domésticas. Con el código napoleónico (inicios del siglo XIX) que ha influido en la legislación de muchos países, incluido el nuestro, la mujer no puede disponer de sus propios bienes sin autorización de su marido.
10. En muchos pasajes de la Escritura, comenzando por el episodio de los sacrificios de Caín y Abel (Gn 4:1-5), se nos hace ver que Dios desoye la oración del hombre cuya conducta le desagrada. Proverbios dice: “El que cierra su oído al clamor del pobre, también él clamará y no será oído.” (21:13). Y “El que aparta su oído para no oír la ley, su oración también es abominable.” (28:9). Y en Isaías Dios proclama: “Cuando extendáis vuestras manos, yo esconderé de vosotros mis ojos; asimismo cuando multipliquéis la oración, yo no oiré; llenas están de sangre vuestras manos.” (1:15).
Véase también Pr 1:24-28; 15:8,29; Is 59:2; Jr 11:11,14; 14:12; Ez 8:18; Jn 9:31; etc.
#488 (16.09.07) Depósito Legal #2004-5581

 

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

¿Deseas recibir un artículo semanalmente?

You are here :