Viernes, 24 Octubre 2014

Las buenas desdichas de Jacob I

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Las buenas desdichas de Jacob I

El presente artículo en tres partes está basado en la trascripción de una charla pronunciada recientemente en una reunión del ministerio de la Edad de Oro, de la Comunidad Cristiana “Agua Viva”, en el que se ha conservado el estilo espontáneo de un discurso improvisado, y al que se han añadido algunas notas.
Vamos a pedirle al Señor que nos ilumine:
Padre Santo, te damos gracias, oh Señor, por esta oportunidad que tú nos das de hablar tu palabra; por este lindo grupo, Señor, que tú has formado. Gracias Padre, por la enseñanza que tú nos vas a dar a todos los que estamos aquí congregados, incluyendo al que habla. Gracias, oh Señor, en el nombre de Jesús, Amén.
La vida de Jacob está llena de enseñanzas para nosotros. Él es un personaje contradictorio. Su historia no es nada sencilla. Él y su hermano Esaú eran mellizos, pero no eran iguales. Solemos creer que los mellizos son idénticos, pero no fue así en su caso. Esaú era pelirrojo y Jacob, moreno. Una broma genética. Esaú salió primero del vientre de su madre, y después salió Jacob, agarrándole el talón a Esaú (Gn 25:24-26). Eso es como una prefiguración, o anuncio de lo que iba a suceder más adelante. Sus padres aparentemente lo entendieron así porque el nombre de Jacob que le pusieron al segundo quiere decir “el que suplanta a otro”, o “el que se pone en lugar de otro”. Y esa fue, efectivamente su historia. Él no estaba contento con el lugar que le había tocado, quería el lugar del otro.
Él era además el hijo preferido de su madre Rebeca, que lo quería más que a su hermano Esaú. En cambio Isaac prefería a Esaú. Ahora ¿por qué prefería Rebeca a Jacob? Porque Jacob era tranquilo, doméstico. Dice la Biblia que él andaba en tiendas (vers. 27), lo que quiere decir que se quedaba en casa, no era aventurero como su hermano. (1)
Esaú, por su lado, era cazador. Posiblemente él no se iba de caza solo sino con sus amigos. Su padre Isaac lo quería mucho porque le traía de la caza animales que le cocinaba (v. 28). Pero Esaú, como era pelirrojo, era medio salvaje, posiblemente también un poco brusco, mandón, y claro, no era de carácter suave como Jacob.
Pero, aparte de ese rasgo, Jacob era muy sabido, más astuto que Esaú. Sabemos cómo Jacob, con astucia, y siguiendo el consejo de su madre, le compró la primogenitura a Esaú.
Esaú era el primogénito porque había salido primero de la matriz. La primogenitura traía entonces consigo muchos derechos y privilegios. El mayor era el que se quedaba con la mayor parte de la herencia. Los demás hermanos le servían. Aunque habían nacido juntos, el mismo día, a Esaú, como primogénito, le tocaban todos los privilegios familiares e iba a heredar la mayor parte de la fortuna de su padre.
Isaac era muy rico como, lo había sido su padre Abraham. Jacob pues -ustedes saben la historia, no la voy a contar- le compró a Esaú su primogenitura por un plato de lentejas (Gn 25:29-34). ¿Cómo serían esas lentejas? Muy sabrosas posiblemente. Esaú era un tonto que no sabía lo que valen las cosas. No valoraba sus derechos. Regresó un día del campo muriéndose de hambre, y para calmar su voraz apetito, le vendió su primogenitura a su hermano como si se tratara de cualquier cosa, a cambio de las lentejas que se preparaba Jacob. (2)
¿Cuántos cristianos somos como Esaú, que no sabemos valorar nuestra primogenitura -esto es, el hecho de ser hijos de Dios- y se la vendemos al diablo por un vulgar plato de lentejas de placer momentáneo?
Pero el problema ahora era que no bastaba con esa venta apresurada, hecha por atolondramiento. Esa había sido una transacción privada que había que formalizar. Llegaría el momento en que Isaac le transferiría solemnemente sus derechos al primogénito. Él no sabía nada del cambalache que habían hecho sus hijos. De modo que él se preparaba para bendecir a Esaú como primogénito. Un día le dijo: Cázame un animal para que lo coma y te bendiga (Gn 27:1-4).
Apenas oyó Rebeca eso se le prendió un foquito en la mente. Llamó a Jacob y le dijo: Anda, mátame un cordero. Yo lo voy a preparar para que tú vayas donde tu padre y le hagas creer -como Isaac estaba ciego- que tú eres Esaú, a fin de que él te bendiga (v. 5-7).
Vemos aquí cómo Rebeca, por cariño a su hijo, induce a Jacob a faltarle el respeto a su padre. Porque engañar a su padre, sobre todo en un asunto tan importante, y abusando de las limitaciones de su ancianidad, era faltarle gravemente el respeto. Podemos ver también en este asunto cómo Dios, en su Providencia, usa para sus propósitos no sólo, como podríamos pensar, las acciones buenas de los hombres, sino también las malas, y hasta los peores pecados. (No porque Él apruebe el pecado, sino porque ha dado libertad al hombre de hacer lo que quiera)
Sin embargo, al actuar de esa manera Rebeca estaba cumpliendo, quizá inconcientemente, la voluntad de Dios que le había sido revelada cuando fue a consultar al Señor acerca de la contienda que había en su seno, y se le dijo que había dos naciones en su vientre, y que el mayor serviría al menor (Gn 25:23). (3)
Rebeca le puso entonces a Jacob los vestidos de Esaú y le cubrió las manos y los brazos con la piel de un cabrito para que, al tacto, parecieran vellos (Gn 27:15,16). Como Esaú iba al campo y sudaba copiosamente, ya pueden ustedes imaginarse qué clase de olor particular tendrían esos vestidos, un olor que Isaac conocía muy bien. Así que, vestido Jacob con la ropa de Esaú, Isaac cayó en la trampa, aunque estaba un poquito desconfiado, no del todo convencido. Él olió la ropa de Esaú y palpó sus vellos, pero le pareció reconocer la voz de Jacob. No obstante, como estaba además medio sordo, no se sintió del todo seguro de lo que percibía (v. 18-24). Así pues, una vez satisfecho por el plato que le trajo Jacob, lo bendijo con todas las bendiciones posibles que le tocaban al primogénito, y le dijo: "Jehová te dé del rocío del cielo y de las grosuras de la tierra…los hijos de tu madre se inclinen ante ti. Malditos lo que te maldijeren y benditos los que te bendijeren”. (Gn 27:28,29).
La palabra del padre era entonces como si fuera la palabra de Dios que no vuelve vacía (Is 55:11). La cosa quedó ahí. Pero al poco rato de irse Jacob se presentó Esaú con su plato, también muy bien preparado, para que su padre comiera y lo bendijera. Entonces Isaac le preguntó: ¿A quién acabo de dar yo mi bendición? ¡Tragedia y llanto! El relato dice que Isaac tembló grandemente y que Esaú lloró con gran clamor. El engaño tramado por Rebeca y Jacob los había herido a ambos gravemente (Gn 27:30-34).
¡Cómo debe haberse sentido Isaac al constatar que Jacob había abusado de su buena fe y de su ancianidad! ¿Le perdonaría Dios ese pecado?
Una vez calmado, Esaú le pidió a su padre que lo bendijera también a él. Pero su padre le dijo: Yo ya le he dado mi bendición a tu hermano. Sin embargo, todavía tengo para ti un pequeño resto de bendición; así que te bendeciré igualmente. Y lo bendijo, pero ya no con la bendición principal. De manera que los roles se trastocaron. Jacob quedó como el primogénito avalado ya con la bendición de su padre (v. 36-38).
Según algunos manuscritos las palabras iniciales de la bendición de Isaac a Esaú fue así: "Lejos de la grosura de la tierra y del rocío de los cielos será tu habitación” Eso significa: Vivirás en tierras áridas. Luego prosiguió: “Por tu espada vivirás y a tu hermano servirás. Pero cuando adquieras dominio te sacudirás ese yugo de tu cerviz”. (v. 39,40) Esas palabras, que en parte más suenan a maldición que a bendición, se cumplieron fielmente cuando David, un descendiente de Jacob, conquistó Edom, tierra no muy fértil habitada por los descendientes de Esaú (2Sm 8:13,14), y cuando posteriormente Edom quebró ese yugo (2R 8:20-22). (4)
¿Ustedes qué creen? ¿Que Esaú le tomó un gran cariño a Jacob? ¿Al que le había robado dos veces la primogenitura? No, al contrario. Empezó a odiarlo con un odio feroz, mucho más virulento que la antipatía que antes había sentido por él.
Pero pensemos, ¿cuál era el origen de la antipatía entre los dos? El hecho de que Rebeca prefiriera a Jacob. ¿Le gustaría eso a Esaú? Seguro que no. Él se diría: Mi madre prefiere a ése. ¿Qué se ha creído? Por su lado Isaac prefería a Esaú, y quizá Jacob se sentiría postergado por su padre.
Vemos aquí cómo las preferencias de los padres crean animadversión y rivalidades entre los hijos. ¿Saben ustedes que eso es pecado? ¿Cuántas madres hay acá que han preferido a un hijo sobre otro? ¿Y cuántos padres hay que han preferido a uno de sus hijos porque se le parecía más, o por otro motivo? Eso es algo que ocurre con mucha frecuencia. Me pasó a mí. Yo vine al mundo, según me decían mis padres, en una época especialmente feliz de su matrimonio, y por ese motivo me tenían un cariño especial. Pero esa preferencia hizo que mis relaciones con mis hermanos no fueran siempre fáciles, especialmente con uno de ellos. Por eso cuando me casé y empezaron a venir los hijos en fila india, a razón de uno por año, mi mujer y yo nos propusimos que nunca, nunca, íbamos a preferir a ninguno de nuestros hijos sobre otro; los amaríamos a todos por igual para que no hubiera ninguna clase de rivalidades entre ellos. Creo que tuvimos éxito con esa política porque nuestros hijos se llevan muy bien, no hay rivalidades entre ellos, y son muy unidos.
Bueno, volviendo a nuestra historia, en su odio Esaú juró matar a su hermano. Puesto que su vida corría peligro Jacob tuvo que huir. Por consejo de Rebeca se fue donde su tío Labán, a la tierra de donde su abuelo Abraham había salido. No voy a contarles toda la historia porque no acabaríamos ni mañana (5). Pero Jacob se enriqueció trabajando como pastor para su tío Labán y engañándolo con las ovejas. Se quedaba con las mejores del rebaño y dejaba las menos buenas para su tío. A su vez ¿qué pasó? Así como él engañaba a Labán, Labán lo engañó a él. La historia es a la vez grotesca y graciosa.
Jacob amaba a una de las dos hijas de Labán, a Raquel, y pretendía casarse con ella. Pero Labán, muy sabido, vio ahí la ocasión para tomar venganza de su sobrino. Le dijo: Tienes que trabajar siete años para mí si quieres obtener la mano de Raquel. Cumplidos los siete años, cuando llegó el día de la boda, Jacob se encontró con que la muchacha con la que había dormido no era Raquel sino su hermana Lea (Gn 29:22,23). Cómo pudo haber pasado eso, no sabemos. Quizá como había bebido mucho durante la fiesta y estaba medio ebrio, no se dio cuenta. Pero al día siguiente se dio con la gran sorpresa. Le habían dado otra chica. ¿A quién le gustaría que le ocurra eso? ¡Pero si esa no es la que yo quería!
Cuando fue a protestar donde Labán, él le dijo: No es costumbre entre nosotros dar en matrimonio a la menor antes que a la primogénita. Trabaja siete años más y te daré a Raquel (v. 25-28). Jacob se había apropiado de la primogenitura de su hermano mayor. Ahora le tocaba a él sufrir a causa de la primogenitura de la hermana mayor de su amada. La justicia de Dios se cumple por caminos inesperados.
Así que Jacob tuvo que probar de su propia medicina, ¡y cuidado! que eso nos puede pasar a todos. ¿A quién le gustaría probar la medicina amarga que le ha hecho probar a otro? Él había engañado a su hermano, ahora él era engañado por Labán. El burlador salió burlado. El pobre enamorado tuvo que trabajar siete años más por su amada. ¡Qué espera tan larga! Pero al final obtuvo a la que quería. (6)
Con muy buen motivo la palabra de Dios dice: No hagas a otro lo que no te gustaría que te hagan a ti (Mt 7:21).(7) Porque si tú se la haces a otro, otro te la hará a ti. Palabra sabia que conviene que tengamos bien presente para no repetir el mismo error. Aunque claro, muchas veces lo leemos, muchas veces lo decimos, y a pesar de eso, muchas veces también lo hacemos. ¿No es así?
Notas
La gente que se dedicaba al pastoreo vivía entonces en pequeños campamentos formados por dos o más tiendas de campaña, que eran como grandes carpas hechas de pieles. Ese tipo de vivienda les permitía moverse de un sitio a otro en busca de los mejores pastos para su ganado.
San Agustín dice que Esaú obtuvo una satisfacción temporal, pero Jacob un honor permanente.
El materialista serviría al espiritual; el que posee la fuerza, al usa la inteligencia; el que se aferra al antiguo pacto, al que abraza el nuevo.
Siglos después el país de Edom fue conocido por su nombre griego, Idumea. Cuando nació Jesús un rey idumeo, Herodes el Grande, gobernaba Israel y zonas aledañas como rey de los judíos y procurador romano. Podemos decir que, en su persona, Esaú perseguía todavía a Jacob (Mt 2).
En el camino Dios se le apareció a Jacob en Betel (Gn 26:10-22) y le renovó las promesas hechas a Abraham y a Isaac (Gn 12:3; 22:18; 26:2-5).
En un sentido alegórico Jacob representa a Cristo, y sus dos mujeres a los dos pueblos que creyeron en Él: Lea a los judíos y Raquel a los gentiles, que finalmente fueron mayoría en la iglesia. Jacob era lampiño, Cristo era sin pecado. Esaú, en cambio, que representa al mundo pecador, era muy velludo. Cuando Jacob fue donde Isaac en lugar de su hermano, Rebeca le cubrió manos y brazos con la piel de cabritos, para que pareciera velludo, pero esos vellos no eran suyos. De igual manera los pecados que Jesús cargó en la cruz no eran propios sino ajenos. (Esta anotación está en parte inspirada en comentarios de los padres de la iglesia Cesario de Arlés, escritor del siglo V, y de Hipólito, autor del siglo II).
Esa es la versión negativa de la Regla de Oro, que no está en los evangelios, pero se encuentra en los escritos cristianos posteriores, y que se remonta a los dichos del rabino Hillel (nacido unos 50 años entes de Jesús) e incluso, hasta Confucio (siglo 6to AC).
Última edición:2009-10-27 19:37:47

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